Mujer junto a una loba contemplando el agua. Metáfora de la conexión con el cuerpo , la naturaleza y el regreso a una misma.

Hemos olvidado que somos cuerpo

Quizás una de las consecuencias más silenciosas de la cultura de la imagen es que hemos dejado de vivirnos como seres corporales.

Nos observamos constantemente.

Nos fotografiamos.

Nos comparamos.

Nos evaluamos.

Pero cada vez habitamos menos la experiencia de estar vivos dentro de nuestro propio cuerpo.

Decimos «mi cuerpo» como si se tratara de algo separado de nosotros.

Como si existiera un yo por un lado y un cuerpo por otro.

Sin embargo, no tenemos un cuerpo del mismo modo que tenemos una casa o un coche.

Somos cuerpo.

Todo lo que vivimos ocurre corporalmente.

La alegría nos expande.

La tristeza nos recoge.

El miedo nos contrae.

El deseo nos moviliza.

La vergüenza arde.

La ansiedad acelera el corazón.

El amor se siente.

No existe ninguna experiencia humana que ocurra fuera del cuerpo.

Y aun así hemos aprendido a relacionarnos con él principalmente como una imagen.

O incluso peor, como un objeto que debe ser corregido, controlado o manipulado para merecer ser mostrado.

Del cuerpo vivido al cuerpo observado

Nacemos habitando el cuerpo.

Un bebé no se pregunta cómo se ve.

No se compara.

No calcula si es suficientemente atractivo.

Simplemente existe.

Llora cuando necesita.

Busca contacto cuando siente hambre o miedo.

Se mueve.

Explora.

Descansa.

La vida se expresa a través de él.

Pero poco a poco aprendemos algo diferente.

Aprendemos a mirarnos desde fuera.

Aprendemos cómo deberíamos ser.

Qué partes de nosotros son aceptables.

Cuáles deberían esconderse.

Cuáles deberían corregirse.

Y así vamos abandonando progresivamente la experiencia de vivir el cuerpo para convertirlo en un objeto de observación.

Dejamos de sentirlo para empezar a evaluarlo.

Un mamífero intentando ser una imagen

A veces olvidamos algo extraordinariamente sencillo.

Somos animales.

Mamíferos.

Seres vivos.

Formamos parte de la naturaleza aunque con frecuencia vivamos como si estuviéramos separados de ella.

El asfalto, las pantallas, las prisas, las comodidades y gran parte de la vida moderna pueden hacernos olvidar algo muy básico: seguimos siendo organismos vivos.

Nuestro cuerpo continúa respondiendo a ritmos, necesidades y ciclos profundamente antiguos.

Necesitamos descansar.

Necesitamos movernos.

Necesitamos vincularnos.

Necesitamos sentir.

Necesitamos pertenecer.

Necesitamos contacto.

Sin embargo, gran parte de la cultura actual nos empuja en dirección contraria.

Nos invita a ser imágenes antes que organismos.

A parecer antes que sentir.

A proyectar antes que habitar.

A construir una versión de nosotros mismos en lugar de escucharnos.

Y cuanto más vivimos desde la imagen, más nos alejamos de la experiencia directa de estar vivos.

Quizás por eso tantas personas continúan sintiéndose desconectadas de sí mismas incluso cuando logran acercarse al ideal físico que perseguían.

Porque la necesidad profunda nunca fue tener otro cuerpo.

La necesidad era volver a habitar el que ya tenían.

Recuperar el cuerpo como hogar

Quizás aceptar el cuerpo no consiste en convencerse de que todo nos gusta.

Ni en repetir mensajes positivos delante del espejo.

Quizás aceptar el cuerpo empieza cuando dejamos de tratarlo como un objeto que debe justificarse para existir.

Cuando recordamos que no es una parte de nosotros.

Que es la forma misma en que existimos.

Que nuestra vida ocurre aquí.

En esta respiración.

En esta piel.

En esta carne.

En este cansancio.

En este deseo.

En esta vulnerabilidad.

En este placer.

En este dolor.

En este cuerpo imperfecto, cambiante y profundamente vivo que nos acompaña desde el primer día.

Tal vez la dignidad tenga algo que ver con esto.

Con dejar de preguntarnos constantemente si nuestro cuerpo es suficientemente bello, suficientemente joven o suficientemente correcto.

Y comenzar a preguntarnos si realmente lo estamos habitando.

Porque nadie puede vivir fuera de su cuerpo.

Podemos ignorarlo.

Exigirle.

Juzgarlo.

Intentar convertirlo en una imagen.

Pero seguimos existiendo a través de él.

Quizás por eso una parte importante del bienestar no consista en tener el cuerpo perfecto.

Sino en dejar de vivir enfrentados a aquello que somos.

Y empezar, poco a poco, a volver a casa.