La difícil tarea de encontrarnos con el otro tal como es
Hay relaciones en las que parece que siempre estamos esperando algo.
Esperamos que el otro comprenda.
Que escuche de otra manera.
Que deje de reaccionar como reacciona.
Que sea más afectuoso, menos crítico, más tranquilo, menos invasivo.
Que algún día se dé cuenta.
Y detrás de esa espera pueden convivir muchas cosas: esperanza, expectativas, necesidades legítimas y también el anhelo de que la relación llegue a ser aquello que imaginamos que podría ser.
Cuando esto no ocurre aparece la frustración.
A veces llevamos años intentando explicar lo mismo de diferentes maneras, esperando encontrar las palabras adecuadas para que finalmente algo cambie.
Y es comprensible.
Hay comportamientos de las personas que queremos que nos duelen, nos enfadan o hacen difícil la convivencia.
Pero quizá hay una pregunta incómoda que en algún momento necesitamos hacernos:
¿Qué ocurre cuando necesito que el otro cambie para poder estar yo bien?
Cuando nuestra tranquilidad depende del otro
Muchas veces no nos damos cuenta de hasta qué punto colocamos nuestro bienestar en manos de las personas con las que nos relacionamos.
Si tú fueras diferente, yo estaría tranquila.
Si me comprendieras, dejaría de enfadarme.
Si reconocieras lo que haces, podríamos estar bien.
Si cambiaras tu manera de hablarme, yo podría relacionarme contigo de otra forma.
Puede haber mucha verdad en todo esto.
Las relaciones nos afectan.
No vivimos aislados.
Somos seres profundamente relacionales y aquello que ocurre entre nosotros tiene consecuencias.
Pero hay un momento en que una necesidad legítima puede transformarse en una lucha agotadora contra la realidad.
Ya no solamente expresamos lo que necesitamos.
Intentamos conseguir que el otro sea diferente.
Y, sin darnos cuenta, podemos pasar años esperando que nuestra tranquilidad llegue a través de su transformación.
La fantasía de encontrar las palabras adecuadas
A veces creemos que si conseguimos explicarnos suficientemente bien, el otro finalmente comprenderá.
Volvemos sobre la misma conversación.
Argumentamos.
Justificamos.
Señalamos.
Intentamos mostrarle lo evidente que resulta para nosotros aquello que está ocurriendo.
Pero comprender algo no obliga a cambiar.
Y ni siquiera garantiza que dos personas vayan a comprender una misma situación de la misma manera.
Cada uno mira la realidad desde su historia, su carácter, sus heridas, sus necesidades y su forma particular de estar en el mundo.
Quizás una de las experiencias más frustrantes de las relaciones humanas sea descubrir que podemos mostrarnos con toda la claridad de la que somos capaces y, aun así, no ser comprendidos como necesitamos.
No porque necesariamente nos hayamos explicado mal.
Sino porque delante hay otro.
Y el otro no somos nosotros.
Aceptar al otro no significa que deje de molestarnos
Aquí aparece una confusión importante.
A veces imaginamos que aceptar a una persona significa conseguir que ya no nos afecte cómo es.
Como si aceptar fuera alcanzar una especie de serenidad en la que nada nos irrita, nada nos duele y todo nos parece bien.
Aceptar es algo bastante menos ideal.
Puedo aceptar que una persona es crítica y seguir sintiéndome herida por algunos de sus comentarios.
Puedo aceptar que alguien acostumbra a expresarse con un tono que me resulta desagradable y no querer permanecer en una conversación cuando ese tono se convierte en gritos.
Puedo comprender las dificultades de una persona y seguir necesitando distancia.
Puedo querer profundamente a alguien y reconocer que hay aspectos de nuestra relación que me hacen daño.
La aceptación no elimina necesariamente el conflicto.
Lo que puede empezar a disminuir es la lucha contra el hecho de que la realidad sea como es.
Aceptar no es resignarse
Aceptar tampoco significa permitirlo todo.
Esta diferencia es fundamental.
Aceptar habla de reconocer la realidad.
Resignarse puede significar renunciar a nuestra capacidad de responder ante ella.
Y aquí también necesitamos distinguir.
Que el otro piense diferente a mí forma parte inevitable del encuentro entre dos personas distintas.
Que me grite, me invada o sobrepase determinados límites plantea otra cuestión.
Aceptar que una persona probablemente seguirá pensando de una manera distinta a la mía puede significar dejar de intentar convencerla.
Aceptar que alguien tiene determinadas formas de relacionarse no significa que yo tenga que permanecer allí soportándolas.
Quizás significa justamente lo contrario.
Cuando dejo de invertir toda mi energía en conseguir que el otro cambie, puedo empezar a preguntarme:
¿Qué quiero hacer yo ante esto?
Puedo expresarme.
Puedo poner un límite.
Puedo retirarme de una conversación.
Puedo acercarme.
Puedo tomar distancia.
Puedo decidir qué estoy dispuesta a compartir y qué no.
El límite deja entonces de ser una herramienta para corregir al otro y empieza a convertirse en una forma de responsabilizarme de mí.
La parte de nosotros que todavía espera
Sin embargo, renunciar a cambiar al otro no siempre resulta sencillo.
Porque a veces implica un duelo.
No solamente renunciamos a conseguir que alguien se comporte de otra manera.
También podemos tener que despedirnos de una expectativa, de una posibilidad imaginada, incluso de una relación ideal que durante mucho tiempo hemos esperado que algún día pudiera existir.
Y eso duele.
A veces detrás de nuestra insistencia hay algo mucho más profundo que una diferencia de enfoque o de carácter.
Hay necesidades antiguas.
Deseos de ser vistos.
De ser reconocidos.
De sentirnos importantes.
De recibir aquello que alguna vez necesitamos y quizá no llegó como esperábamos.
Por eso determinadas relaciones tienen la capacidad de despertarnos emociones de una intensidad que incluso nos sorprende.
Sabemos que somos adultos.
Y, sin embargo, ante ciertas personas volvemos a sentirnos pequeños, impotentes, rechazados o desesperados por conseguir que nos entiendan.
Quizás no estamos discutiendo solamente sobre lo que está ocurriendo ahora.
Quizás algo del presente está tocando también lugares antiguos de nuestra historia.
Reconocerlo no significa culpabilizarnos por sentir.
Significa empezar a distinguir qué pertenece al encuentro actual, qué pertenece a nuestra historia y qué seguimos intentando resolver a través del otro.
A veces aceptar que aquello que esperábamos no llegará de la forma que deseábamos no cierra inmediatamente la herida.
Pero puede ser el comienzo de dejar de colocar su reparación en manos de la misma relación en la que seguimos esperando encontrarla.
Lo que rechazo del otro también puede hablar de mí
Hay otro movimiento todavía más incómodo.
A veces aquello que más rechazamos en una persona tiene alguna resonancia en nosotros.
No necesariamente porque seamos iguales.
Sería demasiado simple afirmar que todo lo que nos molesta del otro es algo que no aceptamos de nosotros mismos.
Hay comportamientos que nos molestan simplemente porque son molestos, invasivos o dañinos.
Pero otras veces descubrimos que participamos de algún modo en aquello que criticamos.
Nos irrita que el otro eleve el tono y terminamos elevándolo nosotros.
Nos desespera que no escuche mientras nosotros dejamos de escuchar intentando que comprenda.
Nos molesta su rigidez y nos volvemos rígidos intentando que deje de serlo.
Entonces la relación se convierte en una danza en la que cada uno confirma aquello que más teme o rechaza del otro.
Darnos cuenta de nuestra participación no significa asumir la responsabilidad por todo lo que ocurre.
Significa recuperar la parte sobre la que sí tenemos alguna capacidad de elección.
Dejar al otro en paz
Quizás llega un momento en algunas relaciones en que necesitamos dejar al otro en paz.
No abandonarlo.
No dejar de quererlo.
No permitir cualquier comportamiento.
Sino dejar de convertirlo en nuestro proyecto de transformación.
Dejar de explicarle quién debería ser.
Dejar de esperar que vea el mundo exactamente como nosotros.
Dejar de utilizar cada encuentro como una nueva oportunidad para resolver aquello que lleva años sin resolverse.
Hay algo profundamente liberador en poder mirar a una persona y reconocer:
Esta es la persona que tengo delante.
No la que podría llegar a ser.
No la que necesito que sea.
No la que quizá algún día comprenda todo lo que intento explicarle.
Esta.
Y desde ahí aparece otra posibilidad.
Ya no:
¿Cómo consigo que cambies?
Sino:
¿Cómo quiero relacionarme contigo sabiendo quién eres y reconociendo también quién soy yo?
Yo soy yo y tú eres tú
Hay una conocida formulación de Fritz Perls, uno de los principales referentes de la Terapia Gestalt, que comienza estableciendo una diferencia aparentemente sencilla:
«Yo soy yo y tú eres tú.»
Y nos recuerda algo que, llevado a nuestras relaciones, no siempre resulta fácil de aceptar: ninguno de los dos está en el mundo para cumplir las expectativas del otro.
Más allá de cómo pueda resonarnos hoy esta formulación, hay algo profundamente gestáltico en ella: para que exista encuentro tiene que haber diferencia.
Tiene que haber un yo.
Y tiene que haber un tú.
Yo, con mi historia, mis necesidades, mis límites, mis deseos y mi manera de comprender el mundo.
Tú, con los tuyos.
Reconocer esta diferencia no significa vivir aislados ni dejar de necesitarnos.
Somos seres relacionales.
Nos necesitamos, nos afectamos, nos herimos, nos cuidamos y nos transformamos también a través del encuentro.
Pero quizá encontrarnos de verdad solo sea posible cuando dejamos de exigir al otro que sea quien necesitamos que sea.
Cuando dejamos de pedirle que encaje en nuestra expectativa para poder quererlo.
O que cambie para que nosotros podamos estar bien.
Y esto toca algo todavía más profundo: nuestro anhelo de completud.
A veces esperamos que determinadas relaciones terminen de darnos aquello que sentimos que nos falta: reconocimiento, seguridad, amor, pertenencia, valoración.
Pero ningún otro puede convertirse definitivamente en la respuesta a todo aquello que necesitamos.
Renunciar a esa expectativa no significa dejar de necesitar al otro.
Significa empezar a encontrarnos con él como otro.
Permanecer en el vínculo sin desaparecer en él
Quizás una relación adulta no sea aquella en la que finalmente conseguimos entendernos en todo.
Tal vez sea aquella en la que podemos reconocer que entre dos personas siempre habrá una distancia.
Hay cosas tuyas que nunca comprenderé completamente.
Y habrá partes de mí a las que tú quizá no puedas comprender.
Pero esa distancia no tiene por qué impedir el encuentro.
Podemos encontrarnos sin convertirnos en iguales.
Podemos querernos sin estar de acuerdo.
Podemos acercarnos y también separarnos.
Podemos poner límites sin que necesariamente desaparezca el afecto.
Y podemos aceptar que algunas relaciones necesitan más distancia que otras para poder existir sin hacernos daño.
Crecer en nuestras relaciones tiene que ver con esto.
Con dejar de pedir al otro que transforme la realidad para que nosotros podamos habitarla.
Y empezar a descubrir qué podemos hacer con aquello que sentimos, necesitamos y elegimos cuando la realidad no responde como esperábamos.
Nuestra tranquilidad no empieza cuando el otro finalmente cambia.
Quizás empieza cuando dejamos de necesitar que lo haga para poder decidir cómo queremos estar nosotros.

